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Los valores del cuidado en la ciudad del futuro

La generación del baby boom (las personas nacidas entre los años 50 y 70 del pasado siglo) lleva varios años incorporándose progresivamente a la cohorte de población con 65 o más años, y seguirá haciéndolo a lo largo del próximo quindenio a razón de más de 30.000 personas cada año en Euskadi, y más de 600.000 en el conjunto del estado.

Sigamos con datos que nos ayuden a dimensionar la situación. En los próximos veinte años, el número de personas mayores dependientes crecerá anualmente un 5%. Y no sólo debido al envejecimiento de la población sino también a factores como la mayor esperanza de vida, o el aumento en la prevalencia de las enfermedades neurodegenerativas consecuencia de un patrón de vida moderna marcado por un mayor sedentarismo, una peor alimentación y unos mayores niveles de estrés. Al mismo tiempo, es un hecho que el 80% de estas personas hacen realidad su deseo de permanecer en su casa cuidadas por sus familias, junto a sus seres queridos, su entorno de vecinos y amistades y en definitiva en su espacio vital. Y ello es posible porque afortunadamente (subrayo de manera efusiva) vivimos en una sociedad en la que devolver a las personas mayores todo lo que nos han aportado, justo cuando más lo necesitan y más frágiles se encuentran, es asumido en general como un deber personal y familiar debido a una enraizada cultura familiar del cuidado.

También es cierto que si nos proyectamos más allá de 2035, esta situación irá cambiando debido a factores generacionales y socioculturales como el descenso en el número de hijos por pareja, el creciente índice de divorcios, la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral o la mayor movilidad geográfica entre otros aspectos, factores que irán haciendo disminuir progresivamente el ratio de familiares con posibilidad o deseo de cuidar en relación al número de personas mayores dependientes. Hoy por hoy ese ratio se sitúa en 8/2 (ocho potenciales personas cuidadoras familiares por cada dos personas mayores dependientes) y en 2050 el ratio será justo el inverso, 2/8 (dos potenciales personas cuidadoras familiares por cada ocho personas mayores dependientes).


La suma de todas estas variables nos pone indefectiblemente ante el espejo de decidir cómo queremos cuidar tanto a las personas mayores que necesitan cuidados, como a las y los familiares que les cuidan, y en qué y cómo puede contribuir a ello un determinado modelo de ciudad. Podemos abordar esta cuestión utilizando distintas aproximaciones, todas ellas complementarias entre sí porque son sistémicas y por lo tanto complejas. Y dado que la mejor forma de aproximarnos a la resolución de problemas complejos consiste en plantearnos las preguntas correctas, he aquí algunas propuestas para la reflexión:

  1. Si el cuidado se basa en relaciones, y estamos de acuerdo en que pocas cosas nos hacen más humanos que la forma de relacionarnos entre nosotros, ¿cómo un determinado modelo de ciudad puede construir entornos relacionales favorecedores en beneficio de las familias que cuidan?
  2. Si para abordar los recursos inherentes al cuidado es necesaria una mirada transversal que además afecta a tres niveles institucionales con competencias distintas y complementarias (autonómico, foral y municipal), ¿cómo combinamos actuaciones relativas a recursos de asistencia social, vivienda, movilidad, sanitarios, educativos y comunitarios, y las implementamos a nivel ciudad de forma estructural?
  3. ¿Cómo resolvemos la paradoja de que el cuidado familiar sea un claro exponente de valores éticos y de generosidad, y que al mismo tiempo sea una faceta invisibilizada y carente de reconocimiento social? Si queremos una ciudad en la que exista un elevado índice de capital social que resulte movilizador y cohesionador, ¿qué vamos a hacer para poner en valor algo tan valioso y sin embargo desvalorizado?
  4. Si el 85% de las personas que cuidan en las familias son mujeres, ¿cómo va a contribuir la ciudad a una mayor corresponsabilidad por parte de los hombres de las familias? ¿Mediante qué dinámicas?
  5. El modelo de cuidados a personas mayores dependientes va a necesitar una evolución dinámica y constante debido a los cambios que van a seguir produciéndose en los próximos años. En la medida en que el sistema de atención a la dependencia es eminentemente público, ¿cómo vamos a combinar a nivel de gobernanza de la ciudad el necesario pulso innovador -que requiere transversalidad, flexibilidad, agilidad y capacidad de prueba-error- y las garantías necesarias en un ámbito tan delicado -que requieren pausa y sólida normativa-?
  6. Si disponemos de nuevas tecnologías que permiten un análisis masivo de datos para identificar patrones, personalizar la atención y mejorar la calidad de vida, ¿qué pasos vamos a dar como ciudad para incorporar la gobernanza del dato en nuestras prácticas dirigidas a este ámbito? ¿Y cómo vamos a combinar una adecuada protección de los datos personales con un uso inteligente que permita ofrecer un valor añadido a los y las donostiarras?
  7. Si el actual sistema de cuidados es eminentemente reactivo (se pone en marcha cuando hay un estímulo que normalmente corresponde a una situación de crisis sobrevenida y de gravedad), ¿cómo podemos incorporar procesos y herramientas que nos permitan “cambiar el balón de banda” y actuar de forma preventiva, logrando una mejor calidad de atención, un mejor ratio de coste-efectividad y una mayor eficiencia?
  8. Ante el imparable incremento de personas necesitadas de cuidados y el consiguiente aumento en los costes de atención, y en lo que se refiere a la cuota de esos costes asumida por la ciudad, ¿qué orientación vamos a adoptar desde el punto de vista de su financiación? ¿Subir impuestos? ¿Empeorar la calidad de la atención? ¿Elevar las barreras de entrada al sistema? ¿Retocar los copagos? ¿La suma de varias de estas opciones? Y en función de ello, ¿cómo vamos a hacer pedagogía social para involucrar a la ciudadanía donostiarra en el proceso?
  9. Profundizando en la involucración de la ciudadanía, defiendo que hoy en día impera un modelo de gobernanza (o mejor dicho de relación gobiernos-ciudadanía) que Donald Kettel, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Pensilvania, definió como el modelo de gobernanza de la máquina de vending: pago impuestos, espero servicios y ventajas, y me quejo si no los obtengo, fundamentalmente dándole patadas a la máquina (los gobiernos, en cualquiera de sus niveles). De algún modo, nuestro actual sistema ha degradado la idea de acción colectiva al nivel de queja colectiva. Entonces, y en lo relativo a un asunto tan complejo como el que estamos desmenuzando, ¿cómo vamos a sensibilizar e involucrar a la ciudadanía donostiarra en un reto que requiere de la comprensión y aportación de todos y todas?
  10. Finalmente, y en la medida en que queda a la vista que estamos ante un problema de considerable complejidad cuyas soluciones difícilmente van a poder surgir de una única cabeza pensante, ¿qué espacios y procesos de colaboración público-privada vamos a generar en la ciudad para poder reunir neuronas diversas y de calidad alrededor de estas reflexiones? ¿Y cómo vamos a resolver el dilema entre impacto social y rentabilidad económica que garantice una innovación sostenible en el ámbito?

Cierro estas ideas con la inspiradora casualidad que encontramos en el juego de palabras ciudad-cuidad. Como en cualquier reto sistémico, la simple enumeración de algunas de las cuestiones a abordar puede llevarnos a la parálisis debido a la complejidad percibida. Pero no. Tenemos que ponernos a ello con confianza y perseverancia, porque la forma en que abordamos el cuidado de las personas mayores y de quienes les cuidan es una de esas facetas que nos definen como personas, como ciudadanos/as, y en definitiva como ciudad.

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